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20 febrero 2025

Mentes cerradas ahogarían la libertad académica y el debate intelectual

Una investigación a docentes de Ciencia Política en países prósperos postindustriales reveló esta tripleta:  una generalizada inclinación de la ideología izquierda liberal que estaría aislando a los conservadores, una experiencia en los campus universitarios de empeoramiento a tolerar el debate abierto académico pluralista y una carencia de respecto por el sólido debate intelectual

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Se observa un consenso amplio entre los académicos de la disciplina ciencias políticas de Estados Unidos y de sociedades occidentales potentadas, sobre el deterioro de la libertad académica para enseñar e investigar. Ese escenario reflejaría la transformación estructural, tanto en educación superior como en la variación ideológica.

Así concluye la profesora de política comparada en Harvard durante tres décadas, Pipa Norris, en su documento de trabajo con docentes de ciencia política acerca de la 'cultura de la cancelación' en los campus universitarios.

La encuesta global “World of Political Science (WPS), 2019” obtuvo 1.245 respuestas recopiladas de profesores, quienes estudian o trabajan en 23 sociedades postindustriales. Como condición mediadora se efectuaron comparaciones por cohortes de nacimiento, por género y sondeos transnacionales en Alemania, Australia, Canadá, Estados Unidos, Italia, Nigeria, Países Bajos, Reino Unido, Rusia y Suiza.

La medición recopiló información entre el 3 de febrero hasta el 7 de abril de 2019, mediante un cuestionario en línea de Qualtrics sobre múltiples dimensiones de la vida y el trabajo profesional, incluidas peculiaridades sociales, prioridades del rol, orígenes nacionales, calificaciones, habilidades metodológicas y el subcampo temático de especialización. Incluso 22 ítems monitorearon la experiencia directa acerca de los cambios en la profesión durante los últimos cinco años y, otros tres aspectos de la vida académica se usaron para saber si habían mejorado, no habían cambiado o habían empeorado. Estos fueron: el respeto por el debate abierto desde diversas perspectivas, las presiones para ser 'políticamente correcto' y la libertad académica para enseñar e investigar.

Se preguntó a los encuestados: “A menudo se piensa que la vida académica está en estado de cambio. Utilizando la escala de 1 a 5, basada en su experiencia, indique si cree que la calidad de los aspectos de la vida académica ha cambiado en los últimos cinco años”. Dichos aspectos se enumeran en la sección resultados, más adelante.

La descomposición de la investigación sugiere varias proposiciones argumentales abiertas que surgen de la tesis de la cultura de la cancelación y describe las fuentes de evidencia. Validadas ante la prueba empírica de las encuestas al profesorado, se examinan afirmaciones del tipo: una ortodoxia progresista ha condenado a los contrarios al ostracismo, la libertad académica se ha limitado, el conformismo se ha fortalecido y el sólido debate intelectual se ha arrinconado.

Con base en los datos, se deduce que la experiencia personal de la cultura de la cancelación empeora y varía entre los académicos de ciencias políticas, según sean sus identidades ideológicas de izquierda-derecha, su cohorte de nacimiento generacional y su género, y el tipo de sociedad en desarrollo en la que viven, estudian y trabajan. Se han manifestado dos premisas, al respecto.

La primera tesis de la cultura de la cancelación se refiere a las identidades ideológicas de los politólogos a través de afirmaciones sobre sus valores y sus creencias predominantes en las culturas universitarias. Quiere decir que hay una idea enquistada entre el profesorado acerca de la hegemonía liberal que silencia las voces conservadoras. En efecto, la encuesta pionera representativa de 1958 de Paul Lazarsfeld, a gran escala con científicos sociales estadounidenses, demostró que los académicos tendían a ser más comprensivos con los valores liberales o de izquierda que la población general.

La radical y acalorada política universitaria de las décadas 1960 y principios de 1970 desencadenó más investigaciones sobre creencias y valores políticos en los profesores universitarios. Alrededor del 46% de los científicos sociales encuestados en 1976 se identificaron como de izquierda o liberales, el 28% como conservadores y el 26% como moderados. Este patrón no se limitó únicamente a los campus estadounidenses, pues ya había sesgos similares en Reino Unido en 1971.

En 2007 aquella evidencia se actualizó con otra encuesta a gran escala con profesorado estadounidense, “The social and political views of american professors”, demostrando que ─a pesar que muchos tenían opiniones moderadas de centro─ los conservadores y los republicanos siguen siendo relativamente raros entre los profesores de las universidades norteamericanas, especialmente en ciencias sociales. Más reciente, en 2016 se revisaron cinco importantes encuestas con académicos estadounidenses, realizadas desde 2000, y concluyeron que el porcentaje de conservadores auto-identificados oscilaba entre 5% y 15% en ciencias sociales y entre 4% y 8% en humanidades.

En Europa el análisis de datos agrupados de la Encuesta Social Europea 2019, “Are universities left-wing bastions? The political orientation of professors, professionals, and managers in Europe”, sugiere que los profesores de 31 países de la unión suelen ser más liberales y de tendencia izquierdista que otras profesiones equivalentes como abogados, arquitectos y médicos. Otro contraste evidencia que los valores y las actitudes políticas de los académicos frente a la redistribución económica y la integración en la Unión Europea están lejos de ser homogéneos.

En síntesis, el conjunto de estudios de la sociología de la academia desde finales de 1950 ha observado la generalizada inclinación de la izquierda liberal, al menos en las sociedades postindustriales. Se puede esperar que esto se perciba igual en la disciplina de ciencia política.

La premisa dos relacionada con la experiencia del empeoramiento de las libertades académicas manifiesta también el sesgo progresista en el campus, aun cuando no implica necesariamente intolerancia por el debate pluralista o que las opiniones contrarias no sean bienvenidas o que las ideas sean silenciadas. El análisis más fuerte ante la tesis de la cultura de la cancelación concierne a si se piensa que aquella práctica de conducta se ha deteriorado.

Asumiendo importantes limitaciones relacionadas con las insuficientes encuestas empíricas, la mayoría del profesorado liberal en los dos contextos geográficos delimitados puede acertadamente no ser consciente de cualquier sesgo hegemónico. Aún si lo reconociera, le resta importancia como problema grave. En antinomia, también se puede esperar que la minoría de académicos conservadores este más propensa a expresar preocupación por el deterioro de las libertades si tiene experiencia directa de la cultura de la cancelación. Podría, este grupo, estar más de acuerdo con las crecientes restricciones a la libertad de expresión académica, las presiones para la conformidad ideológica y la imposición de un discurso políticamente correcto.

En consecuencia, se reportan equivalencias entre Estados Unidos y el mundo próspero al comparar las experiencias del cambio de las condiciones de mejora o decadencia entre académicos auto-identificados como conservadores y liberales en ciencias políticas.

Resultados

Las invitaciones a los politólogos para participar de la encuesta de 2019 se distribuyeron a través de las redes sociales Facebook, Twitter y correos electrónicos; mediante la lista del boletín informativo del European Consortium for Political Research (ECPR) que agrupa doce universidades europeas; por las listas de la International Political Science Association (IPSA) ─fundada en París en 1949 bajo la égida de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO)─ y a través de asociaciones varias nacionales como Canadian Political Science Association (CPSA), Political Studies Association (PSA) de Reino Unido y Australia, y Rusia.

A grandes rasgos, los tres items acerca del respeto por el debate abierto, las presiones para ser políticamente correcto y la libertad académica para enseñar e investigar son indicadores válidos desde la experiencia sobre diversas afirmaciones de las tesis de la cultura de la cancelación, incluyendo que los campus universitarios han visto empeorar la tolerancia al debate pluralista y a los puntos de vista opuestos, existen presiones crecientes para ajustarse a las prevalecientes normas sociales (progresistas o liberales) y a formas de expresión en la educación superior. Adicional, hay percepción de estar reducidas la libertad y la autonomía académicas para que los académicos individuales persigan sus intereses a través de la enseñanza y la investigación.

Politólogos a la izquierda

La pregunta “En términos generales, ¿cómo se describiría usted habitualmente ante la ideología?” recogió 1.733 respuestas de politólogos en el mundo y 221 en EE.UU. Fue inicialmente diseñada en el cuestionario en una escala móvil (0 a 10), desde el más izquierdista (0) hasta el más derechista (10) pero para el análisis posterior, esa escala se simplificó en izquierda (0-5) y derecha (6-10). La distribución de datos mostró curvas normales con un sesgo positivo a la izquierda, de 0.495 en el mundo y de 0.737 en EE.UU. Ese enfoque seguiría mostrando la tendencia hegemónica de 1958.

La puntuación media de los encuestados en todo el mundo fue de 4,53 en la escala de 0 a 10. En total, la mayoría de los politólogos (58%) de todo el mundo se considera ubicados a la izquierda moderada del espectro ideológico, mientras que otro 14% se posicionó en la "extrema izquierda". Poco más de una cuarta parte (26%) de los politólogos de todo el mundo se posicionó como de derecha moderada, aunque al mismo tiempo menos del 2% se consideraba de "extrema derecha".

Por su parte, la media estadounidense fue de 3,16 en la escala de 0 a 10. Siendo dos tercios de los politólogos estadounidenses (65%) auto-considerados de izquierda moderada, un pequeño grupo adicional (15%) se consideraba de extrema izquierda. En cambio, en general una quinta parte (20%) se consideraba de derecha moderada y casi ningún encuestado se consideraba de “extrema derecha”.

Para la profesora Norris, la falta de diversidad intelectual en la cultura académica puede ser problemática dentro de la disciplina ciencia política, especialmente en áreas controvertidas como la política de raza, género, poder y desigualdad. El enfoque, por tanto limita perspectivas alternativas para cuestionar los valores normativos prevalecientes y las teorías empíricas integradas en la agenda dominante de la investigación.

Respeto al debate abierto y a la libertad académica

La distribución de las evaluaciones con base en la experiencia del respeto al debate abierto desde diversas perspectivas en la vida académica, indagó si aquella vivencia ha cambiado para mejor o para peor durante los cinco años anteriores. En general, se muestra una curva de Media igual a 3,16 (en la escala 1 a 5: mejoro mucho, mejoro poco, no cambio, empeoro mucho, empeoro poco).

Si se desglosa por la medida dicotómica de la identidad ideológica de izquierda-derecha, se observan algunas diferencias modestas. Los profesores de izquierda (36%) son más propensos a sentir que la calidad del debate sigue igual en los últimos años según su experiencia. Por el contrario, los profesores de derechas (15%) son ligeramente más proclives a creer que el debate abierto ha empeorado mucho con el tiempo.

La pregunta sobre libertad académica proporciona un indicador importante sobre la calidad de la vida intelectual y de los sentimientos de autonomía en la profesión docente e investigadores. La pluralidad más grande (49%) a la izquierda ideológica pensó que desde su experiencia, la libertad académica se había deteriorado “algo/mucho”. Otro tercio (35%) no informó cambios, mientras que una quinta parte (17%) respondió que la libertad había mejorado “algo/mucho”. Sin embargo, los profesores de derecha (39%) pensaban que la libertad académica se había deteriorado “algo/mucho”, y (36%) daba por hecho que había mejorado “algo/mucho”.

Presiones para ser políticamente correcto

Se preguntó a los docentes acerca de ¿cómo han cambiado las percepciones de las presiones para ser “políticamente correcto” en la vida académica, durante los últimos años? El concepto se refiere a la conformidad con las normas sociales predominantes, una forma de autocensura de palabras y acciones auténticas diseñadas para encajar y evitar el oprobio.

Este tema evidencia preocupación más clara y compartida por ambos lados del espectro ideológico. De nuevo, la pluralidad de encuestados auto-identificados a la izquierda (42%) informó que, en su propia experiencia, no notaba cambios con el tiempo.

No obstante, 45% de ellos y 60% de la derecha informó que estas presiones habían empeorado “algo/mucho” con base en su experiencia. Estas percepciones superaron la proporción en general que sentían más positivamente que estas presiones habían mejorado “algo/mucho” (14% y 19% en su orden, según la ideología).

Comparaciones transnacionales

Al comparar los diez países diversos citados al inicio de este contenido, con un mínimo de al menos 70 encuestados, se muestran experiencias notablemente similares especialmente en las democracias angloamericanas que comparten tradiciones históricas y semejantes sistemas de educación superior.

El patrón clasificado de académicos de derecha de ciencias políticas que reporta peores experiencias de la cultura de la cancelación es Canadá, Australia, EE.UU., Reino Unido, Países Bajos, Rusia, Alemania, Italia y Suecia, en menor medida. La excepción es Nigeria, donde no hay diferencias significativas entre izquierda y derecha.

Así mismo, en todos esos países excepto Nigeria, las respuestas a la pregunta sobre la experiencia de presiones para ser políticamente correcto muestran una distribución similar, con mayores experiencias de este tipo reportadas por académicos auto-identificados de derecha.

Conclusión

Pipa Norris expresa que existen genuinos motivos de preocupación frente a la evolución de la cultura de la cancelación, que parten de la crítica legítima a palabras y a hechos socialmente ofensivos hasta convertirse en erosión a la tolerancia de la disidencia, sofocación a la libertad de expresión e imposición de una tendencia progresiva de ortodoxia de izquierda entre administradores, profesores y estudiantes.

Los datos de la encuesta WPS confirmaron el sesgo de docentes de izquierda en la disciplina de la ciencia política. Sin embargo, el nivel de desequilibrio entre izquierda y derecha no se debe exagerar por cuanto la mayoría de los académicos auto-describieron su posición ideológica en el espectro político como “moderadamente izquierdista”, en lugar de “extrema izquierda” y algo más de la cuarta parte de los politólogos de todo el mundo se identificó como “moderadamente derechista”.

La evidencia del estudio presentado configuró un Índice de Cultura de la Cancelación resumido, donde se reflejan variación de dirección según el tipo de sociedad en comparación y crecientes restricciones a la libertad de expresión académica con base en la experiencia, presiones para el conformismo ideológico y la aplicación de un discurso políticamente correcto. Los modelos comparables sugieren que en Estados Unidos y en 23 sociedades postindustriales, los politólogos auto-identificados de derecha eran más propensos a informar sobre una experiencia personal de empeoramiento de la cultura de la cancelación, y quienes se identifican como de izquierda en 78 sociedades en desarrollo informaron el mismo deterioro.

A pesar de la poca evidencia comparada, lo anterior podría atribuirse a factores tales como: el papel del desarrollo socioeconómico y la modernización, los patrones de la libertad de expresión, la democratización y el tipo de régimen en cada sociedad, la polarización del partidismo político, el rol de las remotas tradiciones culturales y los contrastes estructurales en las instituciones y en las políticas de la educación superior.

Otra explicación plausible puede estar soportada en el concepto clásico de la “espiral de silencio”, desarrollado hace casi cuatro décadas por Elisabeth Noelle-Neumann, según el cual por miedo al aislamiento social o a la pérdida de estatus, las personas no expresan sus opiniones auténticas para evitar contrariar a las normas sociales predominantes. En verdad, valdría la pena fusionar esta teoría con la Cultural Backlash: retóricas populistas autoritarias que han alterado la política en muchas sociedades, como Donald Trump en Estados Unidos y el Brexit en Reino Unido que han socavado la confianza pública de la legitimidad de la democracia liberal.

Datos de encuestas transnacionales y de series temporales, incluidas las Encuestas de Valores Europeas y Mundiales, demuestran que los valores socialmente conservadores suelen seguir prevaleciendo como opinión mayoritaria en muchos países en desarrollo. Se incluyen actitudes, creencias y valores sobre cuestiones sociales como la división de los roles sexuales entre mujeres y hombres, las identidades de género no binarias, la homosexualidad y los derechos LGBTQ, las opiniones tradicionales sobre la sexualidad, la familia y el matrimonio, la importancia de la religión y los sentimientos de nacionalismo y nativismo.

En contraste, el equilibrio en la opinión pública ha ido cambiando gradualmente en dirección más liberal y progresista hasta convertirse en la opinión mayoritaria en muchas sociedades postindustriales ricas de Europa Occidental y de América del Norte. Tales cuestiones presionantes del cambio han sido los derechos LGBTQ, la secularización, la igualdad de género, la diversidad étnica y la inclusión racial. Esta alteración ha alcanzado a los grupos de vanguardia como la generación más joven de estudiantes y las poblaciones de profesores con educación universitaria.

Procesos bien documentados del cambio cultural generacional a largo plazo en muchas sociedades occidentales significan que la proporción de quienes sostienen valores tradicionales socialmente conservadores han experimentado un punto de inflexión en las últimas décadas, a medida que el grupo pasa del estatus hegemónico a uno minoritario en los campus universitarios y en la sociedad. En últimas, está aumentando la polarización ideológica y partidista.

Por último, con base en indicadores desglosados del índice compuesto, resaltan algunos contrastes observables importantes: dado el predominio del liberalismo progresista en los campus universitarios, los profesores de izquierda pueden simplemente no ser conscientes de la experiencia de sus colegas más conservadores y negar por tanto el problema. Otro tanto dejaría ver que la intensa polarización sobre cuestiones de identidad política los hace poco comprensivos con esas afirmaciones. Entre los académicos de ciencias políticas, puntualmente se observa un consenso más amplio sobre el deterioro de la libertad académica para enseñar e investigar, lo que puede reflejar modificaciones estructurales más amplias tanto en la educación superior como en los cambios ideológicos.

Auto-críticas a este estudio WPS consisten en que la encuesta está restringida a la disciplina ciencia política por lo que no se pueden observar generalizaciones similares en disciplinas como sociología, economía, psicología social; en humanidades y ciencias naturales.

Además, cierra la pregunta a los académicos sobre su identidad ideológica y su experiencia directa frente a los cambios en la profesión. Esa practica prolongada es inseparable de la práctica de las percepciones a la academia pues aquellas per se son importantes para la construcción social de la realidad.

En consecuencia, sería útil realizar otras mediciones para explorar experiencias más profundas como por ejemplo, si los politólogos conservadores sintieron que no habían sido designados o promovidos debido a sus opiniones políticas, si habían participado en la organización de eventos públicos que luego se cancelaron o si alguna vez se sintieron incómodos al hablar en reuniones de la facultad o en el aula debido a sus valores.

15 agosto 2024

Los medios sociales son propicios para la cancelación

La cultura de la cancelación como acción pública viene siendo ejecutada por terceros, quienes condenan al ostracismo a personas incómodas o transgresoras por su postura política, y debido a la virtualidad de los medios sociales se convierte en etiquetas de supervisores

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El escenario más común de la cancelación es el medio social donde, por supuesto, las protestas y la negación son actos reiterativos del ciclo de la sanción que contribuyen a ignorar los procesos de la convocatoria a la cancelación y de la defensa activa de la cultura de la cancelación. No obstante, lugares de concurrencia física y pública como campus universitarios, ferias, auditorios, museos, tiendas, teatros, también son dimensiones propicias para ejercer la cancelación como un enfoque de la retribución desde el cual se imparte justicia propia.

Regularmente el código “ojo por ojo”, entronizado en la creencia, se ha mantenido a lo largo de la historia en las religiones pues “más te vale entrar tuerto en el reino de Dios que ser arrojado con los dos ojos al infierno”. En la tradición cristiana, verbigracia, el castigo a Adán y a Eva fue su expulsión ​​del jardín del Edén al momento en que violaron las reglas de Dios. En el Corán, el retribucionismo es solo para aquellos desobedientes o malvados, en el Dhammapada budista es consecuencia de las malas acciones y en el Bhagavadgita hindú se obtiene por el mal karma.

El mundo tangible ha sido testigo presencial de clases de justicia retributiva: quema de libros en plazas, degradación de editores por aprobar títulos, despidos de periodistas cuando se desvían de la línea editorial del medio y agresiones o vituperios a colectividades en lugares públicos. Lo más impactante de la cancelación ha sido remover al individuo de su cargo, prohibir su entrada o su discurso, dejar de nominarlo en un corporativo, negarlo o bloquearlo en las cuentas de los medios sociales y hasta cancelar su contrato laboral.

Eso último le ocurrió al vendedor Daniel Maples el 27 de junio de 2020, luego que los clientes dentro del Costco Gulf Coast Town Center de Fort Myers (Florida: USA) le pidieron usar el tapabocas para protección al Covid. Su respuesta fue gritar “Me siento amenazado” y avanzar hacia los clientes. Uno de aquellos, un director local de cine, lo grabó en video que publicó en Twitter y en menos de 24 horas la identidad del hombre ya había sido revelada. Afrontando el riesgo a la reputación corporativa, su empleador ─Ted Todd Insurance─ y un ejecutivo de la empresa, Charley Todd, anunciaron que Daniel había sido cancelado de su trabajo.

En otras ocasiones la cancelación es un modo personal que asume un individuo contra un amigo o conocido. Por ejemplo, el actor Daniel Radcliffe, quien interpretó a Harry Potter, se distanció de la posición de la autora cuando ella habló en público contra las mujeres transgénero. Críticos de la cancelación han denunciado esta práctica elevándola a un generalizado cambio cultural y referida como cultura de la cancelación. Estos censores, situados a menudo en la derecha ideológica, en ocasiones perciben la cancelación como un repudio reaccionario de los progresistas y una guerra contra las ideas conservadoras del activismo digital.

Ante los hechos, la cancelación es realizada únicamente por terceros quienes se autodeterminan ‘Supervisores’ de las normas legales y morales y, por tanto, asumen el derecho de transgredir enviando al cancelado al ostracismo.

La escritora afrocanadiense musulmana, Sarah Hagi, preguntó en noviembre de 2019 por la revista Times si ¿la cultura de la cancelación ha ido demasiado lejos? Para ella, “no es real, al menos no de la forma en que la gente cree”. En cambio, afirma que se ha convertido en un comodín cuando las personas con cierta notoriedad enfrentan consecuencias por sus acciones o reciben del público cualquier tipo de crítica.

Como flagelo por la difamación, la cancelación es un distorsionado punto de vista del Derecho a la Libertad de Expresión y una autoapropiación del Principìo de la Retribución ya que solo la institucionalidad que ejerce justicia bajo normas legales del derecho constitucional puede procesar a los individuos. Mientras que, como etiqueta, la cultura de la cancelación se materializa en medios sociales y en escenarios físicos, lo cual repercute en el entorno privado, personal y social del cancelado afectando su vida profesional y personal.

Por tanto, con base en la teoría de las normas sociales, y siendo cual fuere la perspectiva de la cancelación, las consecuencias consisten en excluir a sujetos por violar normas morales y en retirar apoyos a figuras públicas o a empresas por algo individualmente objetable. De modo que la cancelación y la cultura de la cancelación son acciones desiguales, en tanto las repercusiones de una y otra no afectan por igual a las personas canceladas, como los casos del tendero en Florida y del actor británico.

Repitiendo, el evento de cancelar es promulgado por la gestión de terceros quienes se apropian del manto de la supervisión mientras que, en la cultura de la cancelación subyace algún elemento de la teoría de las normas sociales interpretado de modo estropicio. Pero ambas actitudes generan efectos por la exclusión del cancelado.

Si bien ese aislamiento sufrido por la cancelación se inicia con una exposición difamatoria del individuo cancelador termina con otras formas sociales más violentas y discriminatorias para el cancelado, tales como: recopilar y publicar información suya o de su grupo, sin sus consentimientos, con el objetivo de dañar su trayectoria pública y profesional (doxing); negar la oportunidad a alguien para aportar sus ideas públicamente porque el cancelador cree que esas creencias son peligrosas o inaceptables (deplatforming) o las más recientes: denigrar a las mujeres blancas irritantes y abusadoras por sus privilegios o denunciar situaciones racistas provocadas por mujeres blancas (Karen), como ha acontencido desde el surgimiento del movimiento Black Lives Matter.

Algunas motivaciones

1) Cuando produce exclusión, la extendida cultura de la cancelación sobrepasa al Derecho a la Libertad de Expresión por ser un juicio arbitrario no objetivo y por cuanto el resultado de la acción es la proscripción a un individuo con su consiguiente afectación personal, familiar y social. Con esa oportunidad se reconoce que el cancelador confronta las normas sociales con sus propias reglas morales, que hace predominar.

Un primer asunto del sistema teórico de las normas sociales analiza la cancelación protegida por una libertad de expresión absoluta: el cancelador ejerce su acto con el poder de la manipulación sobre la persona denunciada y lo convoca a través de la mediación entre los miembros del medio social, publicando iniciales mensajes de denuncia sobre el punible comportamiento transgresor. Por tanto, con base en la cuestión jurídica general del Derecho a la Libertad de Expresión en sentido amplio, la justificación demostrable de esta cancelación impone estudiar si las limitaciones a la libertad de expresión pueden estar “argumentadas en una sociedad libre y democrática” mediante una legislación de incitación al odio.

En las ocasiones moderadas, el Derecho a la Libertad de Expresión ofrece sensibilidad, solidaridad y hasta educación ya que protege del malestar que ocasiona aquella cultura al leer angustiantes respuestas en medios sociales acerca de la culpa de las víctimas, la humillación a las putas, los chistes sobre violaciones, etc.

Una propuesta de Michalinos Zembylas, profesor de Teoría de la Educación y Estudios Curriculares en la Universidad Abierta de Chipre, se encauza a que ─además de enfatizar el pensamiento crítico, la alfabetización mediática, el debate y la argumentación─ “los programas de formación docente destinados a orientar a los profesores para que aborden la cultura de la cancelación, deben evitar reproducir esas formas en que las redes sociales la enmarcan con rutinas individualizadas y psicologizadas e instar a prestar atención ante las cuestiones estructurales de segregación e injusticia”.

2) Desde los estudios de medios comparados, Jose van Dijck ─autora, investigadora y profesora de la Universidad de Ámsterdam─, en su ensayo de 2013, “La cultura de la conectividad: Historia critica de los medios sociales” descifraba el compromiso oculto de cada plataforma, así: Facebook mantiene el imperativo de “compartir”; Twitter reproduce la paradoja entre “seguir” y “marcar tendencias”; Flickr se balancea entre la comunidad y el comercio; YouTube exacerba el vínculo íntimo entre televisión y comentar videos. De manera que preguntaba, ¿Cuáles son los detalles culturales e ideológicos de este ecosistema que al parecer lo interconecta sin fisuras?

En efecto, las prácticas en línea son meras bases algorítmicas de una socialidad para quedar atrapados, el régimen de propiedad privada de las tecnológicas es una integración vertical de la interoperabilidad donde consumimos cercados y los intentos fallidos por abandonar la conectividad no dejan salida debido a la ideología circulante. En últimas, “las conversaciones digitales” se han dirigido hacia sucesos plenamente subjetivos que confunden expresión personal propia de la democracia liberal con mercantilización de la peculiar identidad, afectando por tanto los derechos a la intimidad y la honra.

3) Desde la ciencia política también se estudian las perspectivas de la confianza pública en los sistemas democráticos. Para la politóloga Pippa Norris de Harvard University, la cancelación expresada por los progresistas se está apoderando de los campus universitarios al silenciar las voces conservadoras y los panoramas diversos en cuestiones de racismo, etnicidad, acoso sexual, misoginia, identidades de género no binarias y transfobia.

Así lo evidenció en el proyecto que moderó entre enero de 2023 a diciembre de 2025, “Trust in European Democracies”. Fue una investigación científica comparativa integral en 12 países de la Unión Europea (UE), incluida Ucrania, sobre las percepciones de la confianza y de la credibilidad públicas. Es decir, la confianza política considerada factor de estabilidad del régimen se asocia con las democracias representativas.

Por tanto, cuatro dimensiones enmarcaron el impacto del proyecto, i) comunicacional: facilitar el establecimiento de un nuevo paradigma de confianza política y la aparición de nuevas ideas sobre los orígenes multifacéticos de la confianza política mediante la publicación de los resultados en medios académicos; ii) político: debido a esas nuevas referencias, reactivar la gobernabilidad democrática y un marco normativo para mejorar la rendición de cuentas, la transparencia, la eficacia, la fiabilidad de las instituciones políticas y la agenda nacional y de la UE con el fin de estabilizar y consolidar las instituciones; iii) económico: preveer una reconstrucción del capital social vertical con alta cohesión social y baja conflictividad; y, iv) misión general: obtener mayor participación de los ciudadanos y de la sociedad civil mediante la educación, la comunicación política, el pluralismo de los medios de comunicación, las campañas de ONGs, entre otras.

4) Un cuarto itinerario al estudio del peligroso reproche a conductas que no constituyen delitos se relaciona con el derecho penal a partir del poder punitivo sin regulación. La cultura de la cancelación se puede convertir en ejercicio arbitrario de la fuerza excluyendo así la jurisdicción del Estado, que mantiene el orden en el complejo sistema social y lo utiliza para proteger bienes jurídicos indiscriminados ante agresiones injustificadas.

La causa visible de aquel actuar por fuera de las vías legales para conseguir un derecho propio produce que los debates se construyan dentro de los medios sociales, como ocurre en X (antes Twitter), en la plataforma rusa Telegram, en la red social de origen chino TikTok, entre otros. Esos contenidos atraviesan las barreras geográficas, llegan a más cantidad de usuarios localizados en diferentes partes del mundo y pueden también influir en el aumento de la participación social de la cancelación. El motivo invisible, por el contrario, ocasiona que “no siempre advertimos que tales debates en alguna medida se van volviendo irrelevantes ante las nuevas formas de comprender y de analizar el mundo”, según se lee en el libro “La vida en línea: El impacto de las redes sociales en todo lo que hacemos” del Licenciado en Derecho, Miguel Carbonell.

No obstante, una sistematización de casos de cancelación da cuenta de tres vertientes de defensa desde el cancelado: una conducta no condenada pero con repercusiones y reproches severos para quien cancela; un comportamiento inmoral de escasa gravedad penal; y comportamientos ilegales que no ameritan pena.

Ejemplo del primer escenario es el suicidio el 31 de agosto de 2019 en Winnipeg (Canadá) del desarrollador de juegos Alec Holowka quien fuera acusado en redes sociales de abuso físico, sexual y sicológico por su pareja sentimental Zoë Quinn. Al divulgar su violencia íntima en las campañas de ciberacoso, usando los hashtags #gamergate y #Metoo, fue cancelado en su trabajo y en su vida social. Su situación depresiva entonces lo llevó al suicidio sin que fuera escuchado o hubiera podido defenderse de las acusaciones ante un juez, invocando un proceso penal.

Con base en las noticias publicadas la primera semana de septiembre de 2019, por Diana Davison en Post Millenial ─“Allegations that led to Alec Holowka’s suicide need proper scrutiny”─ y Rick Rottman en su blog bentcorner ─“Zoë Quinn accuses Alec Holowka of sexual abuse, he then kills himself”─, las declaraciones de la expareja fueron tardiamente borradas de las redes pues el tribunal de la opinión pública ya lo había sentenciado.

Los comportamientos inmorales de escasa gravedad penal para el cancelado también son ilustrativos. Resulta que el 9 de noviembre de 2017, The New York Times informó que cinco mujeres comediantes acusaron al actor y escritor estadounidense Louis C. K. (Louis Alfred Székely) de proponerles que lo vieran masturbarse. Ese mismo día, el propio actor admitió su culpa y expresó remordimiento por el daño causado y el abuso de poder. No obstante, las distribuidoras de sus películas cancelaron los estrenos, su espectáculo en vivo “The Late Show with Stephen Colbert” también fue cancelado, HBO canceló su presencia en un especial benéfico para la televisión y eliminó de sus servicios on-demand sus comedias, la compañía The Orchard anunció que no iba a distribuir “I Love You Daddy” y dos coprotagonistas de su película dejaron de participar en la promoción del filme. Aún hoy se le critica y acusa por su comportamiento del pasado, según informa el portal well+good.

De la última vertiente fue protagonista el reconocido golfista Eldrick “Tiger” Woods, quien el 27 de noviembre de 2009, después de su accidente de tránsito, informó sobre su repetida infidelidad a su esposa, la modelo sueca Elin Nordegren. Ese comportamiento íntimo lo obligó a pagar el incumplimiento de su contrato matrimonial pero la esfera pública criticó al deportista fuertemente y muchos de sus patrocinadores lo cancelaron, según divulgó en Bleu Magazine, el periodista Justin Wallace.

5) El actual dispositivo de control social se asienta en la cultura de la cancelación desde imperativos morales, como alternativa frente a la ineficacia y/o la complicidad de las instituciones judiciales al no fallar las denuncias.

Para la Sociología, durante la sindemia del Covid-19, bien pudo ocurrir la supremacía del móvil y el crecimiento de la audiencia en internet como consolidación de una nueva modalidad del poder. Una posible causa estribaría en la no existencia de la interpelación discursiva de los sujetos [leáse como no se debaten argumentos] y que, en el último lustro, ha habido radicalización de las posturas político-ideológicas debido a la crisis económica y a las nuevas legislaciones y normativas post-pandémicas.

Aunque la medición del consumo digital no indica relación con el enjuiciamiento comunitario, el informe “Perspectivas del escenario digital latinoamericano” de Comscore revelaba, entre marzo a septiembre de 2020: “alto incremento en las cifras de páginas web vistas en Argentina, Brasil y Perú”, “185% más de personas informadas en últimas noticias por internet en Argentina, Brasil y México”, “334 horas de tiempo promedio por visitante web en Argentina, Brasil y México”, “las categorías de mayor consumo digital en América Latina fueron: mensajería instantánea, 127%; educación, 64% y noticias sobre negocios y finanzas, 56%”; “las aplicaciones colaborativas en la región tuvieron un alza sostenida durante la sindemia, siendo Zoom la de mayor crecimiento 2,711%, Telegram 71% y Google Meet 44%”.

Límites al reproche

De la misma manera en que el derecho penal sincroniza la justicia con base en los límites al judicializado por presuntamente cometer un delito ─como la presunción de inocencia, el debido proceso, la proporcionalidad entre pena y daño ocasionado, etc.─ la cultura de la cancelación los debe respetar por igual. Pero por el contrario, viraliza el error y elimina al sujeto lo que termina desprotegiendo sin justicia al cancelado, sus prerrogativas y otorgando a otros sujetos el poder de juzgar y condenar. Así se configura por la fuerza el tribunal de la opinión pública.

Además, el absolutismo de ciertas orientaciones comunes y el extremismo de los discursos por el sesgo ideológico son factibles de ser calificados “proliferación de dispositivos para la cancelación”. De esta manera el profesor argentino, Jonathan Enrique Prueger, licenciado en Sociología y becario del Instituto de Investigaciones Gino Germani/Conicet, lo conceptúa: los dispositivos de cancelación potencian radicalizaciones totalitaristas de registros ideológico-culturales, y al ser ejecutados suscitan la reactualización de los imperativos categóricos morales relacionados con las conductas.

La conclusión que expusó Prueger, en la XI Jornada de Sociología de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad Nacional de La Plata (Argentina), es que operar la cancelación mediante los discursos y las creencias genera “la eliminación del opuesto ─y desde allí profundizan una fractura social de lo inconciliable─ e inician dinámicas punitivas y de vigilancia”. Por tanto, aceptar la “proliferación de dispositivos para la cancelación” equivale a asumir el imperativo moral fundamental de la utopía de la positividad, orientada a la supresión de la contradicción, la disparidad y la alteridad.

Prueger insiste que aquellos dispositivos de cancelación ─pregonados desde los auges que caracterizaron al primer año pandémico─, expresados a través de contenidos en los medios sociales y a instancias del contagio digital y del juzgamiento moral intersubjetivo, configuran descargas controladas y redireccionadas de malestares cada vez mayores inherentes a nuestras sociedades neoliberales occidentales, alimentadas de fetichismos sociales y que, el cancelador cree, resuelven los problemas estructurales sociales al expulsar a sujetos concretos. De nuevo, la vuelta de esquina a la ley de Talión: “si tu mano te hace pecar, córtatela”.

En complemento, Prueger sintetiza tres oportunidades primordiales de espontáneas dinámicas de autorregulación para este tipo de violencia en la sociedad con gran protagonismo de las plataformas digitales: “un primer momento es el señalamiento de la falta de un agente hacia otro” (esta idea proviene del redactor de grist, David Roberts: ante la posibilidad que la acusación sea falsa, es inevitable referirse a la posverdad); un segundo momento son “la enunciación y la legitimación de un discurso ‘intersubjetivo’ que pregona la inadmisibilidad de determinada conducta”, siendo este una dinámica signada por el contagio digital y el juzgamiento moral; y la tercera instancia es la “denuncia, condena y linchamiento digital, lo cual configura el escenario final de la cancelación o muerte digital”. En cualquiera de los tres tiempos la autoconsciencia de los usuarios de medios sociales puede silenciar los mensajes al confrontar, desmentir y dejar de compartir esas etiquetas de los supervisores.

Algunas otras maneras de contrarrestar las consecuencias nocivas de la cultura de la cancelación, que seguirá imponiéndose como ahogo social, es mediante la educación sobre el principio de proporcionalidad entre la ofensa y el castigo.

De nuevo, el trabajo investigativo de Pipa Norris contribuye a responder el interrogante, ¿Se observan diferencias entre ideas de izquierda y de derecha en los académicos? Con base en la encuesta “The World of Political Science, 2019” ─que recopiló 1.245 respuestas de politólogos que estudiaban o trabajaban en 23 posgrados en sociedades industriales de Estados Unidos, Europa y Australasia─ se proporcionan comparaciones transnacionales que indican “Hay experiencias notablemente similares en una variedad de sociedades postindustriales, especialmente en las democracias angloamericanas, que comparten tradiciones históricas y sistemas de educación superior similares”.

Por lo tanto, el patrón estadounidense de quienes están en la derecha ideológica notifica las peores experiencias de la cultura de la cancelación siendo claramente reflejado también en Canadá, Australia, Reino Unido, Alemania, Italia, Países Bajos, Rusia y, en menor medida, Suecia. La excepción es Nigeria donde no hay diferencias significativas entre izquierda y derecha en los profesores universitarios.

Este índice de la cultura de cancelación en las democracias angloamericanas se creó combinando tres elementos ─libertad académica para enseñar e investigar, respeto al debate abierto desde diversas perspectivas y presiones para ser políticamente correcto─ subyacentes a la pregunta, “A menudo se piensa que la vida académica está en estado de cambio. Utilizando la escala (mejoró mucho, mejoró un poco, no hubo cambios, empeoró un poco, empeoró mucho) y basándose en su propia experiencia, indique si cree que la calidad de aquellos tres aspectos en la vida académica ha cambiado en los últimos cinco años”.